La “maquina de fuego” fue un invento italiano que cumplía una doble función: de un lado, constituían la decoración del espectáculo y su leit motiv. De otro, ocultaba los efectos pirotécnicos y a los figurantes que intervenían en la pantomima. La primera “maquina” fue diseñada por el arquitecto G. Battista Quadrio, en la plaza del Duomo, Milan, el 7 de julio de 1716, y representaba el binomio Hercules-Principe, apoyados sobre un globo terráqueo. El éxito de esta maquina supuso un concepto nuevo en el arte de la pirotecnia. Los fuegos artificiales encontraban un simbolismo en los personajes representados en la maquina y no precisaban de mayor explicación narrativa. Se extendieron por toda Italia. El 4 de julio de 1728 se realizó en Roma un espectáculo sobre una imponente construcción de madera, de cincuenta metros de alto, para festejar la unión de las coronas de España y Portugal, con la boda de Fernando VI y Barbara de Braganza. Durante todo este siglo se multiplicaron los espectáculos con maquina, casi siempre para celebrar acontecimientos relacionados con las familias reales en Europa. Al final de la exhibición, el tinglado construido en madera – una iglesia, las pirámides, un templo romano- era quemado entre el estruendo de una traca.

El éxito de la “maquina” se explica por la escasa cantidad de elementos con los que podían trabajar los pirotécnicos: sulfuros, carbón vegetal, salitre, ambar y antimonio. Las “anécdotas” visuales que incorporaba la maquina al espectáculo completaba la pobreza de los efectos pirotécnicos.

Hay que tener especial cuidado con no mezclar el origen de las fallas de Valencia, con las máquinas de fuego del siglo XVIII. Ya que la evolución de las fallas ha sido concretamente en el siglo XX.