En el año 673, el fuego Griego permitió a los bizantinos evitar la caída de Constantinopla en manos de la marina árabe.
Los bizantinos tomaron su nombre de Bizancio, una antigua ciudad griega probablemente fundada en el 667 a.C., situada en el estratégico estrecho del Bósforo que une el Mar Negro con el Mar de Mármara. En el año 330, el emperador romano Cayo Flavio Valerio Aurelio Claudio Constantino (272-337) decidió reconstruir y fortificar la antigua ciudad de Zoni. Tras seis años de trabajo, la ciudad se convirtió en segunda capital del Imperio Romano de Oriente siendo rebautizada como Constantinopla.

A mediados del siglo VII, los bizantinos estaban en el cenit de su esplendor tras la recuperación de gran parte de los territorios del antiguo imperio, excepto la península Ibérica, la Galia y Gran Bretaña. Por entonces, la economía bizantina era la más rica de Europa: el nomisma, su moneda de oro, fue moneda oficial de la región del Mediterráneo durante ochocientos años. El imperio se sustentaba en la superioridad de su ejército, cuyo núcleo era la caballería pesada que actuaba como fuerza de choque apoyada por la infantería ligera -arqueros- y la infantería pesada -espadachines con armadura-. Por su parte, la marina bizantina mantenía abiertas las rutas comerciales marítimas, así como las líneas de suministro de la ciudad para evitar que ésta tuviera que rendirse de hambre en caso de asedio. En este contexto apareció una nueva arma: "el fuego griego".
Los árabes habían comenzado en 632 una sorprendente serie de conquistas que, en el lapso de cincuenta años, parecieron recrear el viejo imperio persa, arrebatándole el control sobre Siria, Egipto y Palestina a los bizantinos. "Todo parecía indicar la próxima caída de la ciudad de Constantinopla, a la que seguirían los antiguos dominios europeos del extinto imperio romano. En 673, al ejército árabe no le separaba de Constantinopla más que el Helesponto, y su flota se concentraba frente a la costa. Parecía que nada iba a poder salvar la ciudad".
Afortunadamente para los bizantinos, en Constantinopla vivía un ingeniero y alquimista nacido en Baalbek (en el actual Líbano) llamado Calínico de Heliópolis, que había llegado a Constantinopla como refugiado. Calínico inventó una mezcla que contenía nafta, nitrato potásico y óxido de calcio, que tal vez no sólo ardía, sino que continuaba ardiendo en el agua incluso con mayor fuerza. Este fuego griego era expelido mediante tubos contra los barcos de madero de los árabes. El temor a ser víctimas del fuego y la visión horrible del agua ardiendo forzó a la flota árabe a retirarse, y Constantinopla se salvó". Según la tradición, el llamado "fuego griego" era fabricado por Calínico y su familia, quienes mantenían la más rigurosa reserva sobre su fórmula. Se supone que en su composición intervenían diversas sustancias químicas como azufre, resina, cal viva y betún.