En Inglaterra y, más aún, en Francia, la pirotecnia se vincula a los grandes festejos organizados con ocasión de un acontecimiento protagonizado por la realeza. Así sucedió en la coronación de Isabel de York, en 1487, donde la escena cumbre era un enorme dragón flotante sobre el Tamesis, que arrojaba llamas de fuego por la boca. O el espectáculo montado por la villa de Rouen, en 1551, a la llegada del rey Enrique II. De ello hace referencia Montaiodagne en uno de sus ensayos.

El primer gran espectáculo pirotécnico montado en Francia fue realizado en 1612, con motivo de la boda de Luis XIII y Ana de Austria. Sirvió para inagurar la plaza Real (place des Vosgues). Se erigió en madera un templo de la Felicidad “rodeado de llamas y coronado de estrellas, las lanzas de fuego se entrecruzan, mientras que grandes ruedas giran lanzando llamas de color y suena el estampido de los petardos”
Una de las más fastuosas fiestas del siglo XVIII fue la celebrada con motivo del matrimonio de la hija mayor de Luis XV y Felipe, infante de España. Tuvo lugar en Paris, el 29 de Agosto de 1739, a orillas del Sena, entre el “pont Neuf” y el “port Royal”. Siguiendo las instrucciones de los arquitectos de la corona, se responsabilizaron del espectáculo tres pirotécnicos franceses: Dodermant padre e hijo y Testard. El motivo central, la “maquina” de fuego, era el templo griego de Hymen, construido para aquella ocasión. Se calculó en más de medio millón de espectadores.

En este transcurrir del tiempo hay un cambio evidente de concepción en la pirotecnia. Al principio, los fuegos artificiales tienden a reproducir una situación bélica. Poco a poco, los efectos se multiplican y varían para obtener series, ritmos y frecuencias. El progreso técnico va permitiendo que el fuego artificial sea una elemento autónomo en la exhibición, y no un mero complemento. Ya no se limita a sostener una anécdota sino que s convierte en espectáculo en sí mismo.
A finales de 1628 se montó en el Sena, delante del Louvre, un espectáculo pírico con motivo de la toma de La Rochelle. En él aparece el ballet en acción, ninfas portadoras de antorchas que corren desesperadas mientras declaman versos lúgubres alrededor de Andrómeda, que súbitamente es atacada por un monstruo que sale del agua arrojando llamas por la boca. Perseo montado en Pegaso vuela hacia el monstruo y le atraviesa con la espada. Todos los personajes se iluminan, la torre de Nesle parece una llama y ocho hombres cubiertos de fuego bailan en señal de alegría mientras seencienden gran cantidad de fuegos artificiales. Después varios caracteres de fuego con el nombre del rey, sentencias gloriosas y triunfales, escudos de armas y el nombre de la ciudad rendida, se dibujan en el cielo.
Bajo la ficción, Andrómeda simboliza la religión católica atacada por el monstruo hugonote y salvada por Perseo-Luis XIII que derribando el protestantismo salva a Francia de la herejía. Es evidente el deseo de dar un sentido épico a la hazaña real.
Ninguna fiesta puede prescindir ya del apoteosis final de los fuegos artificiales, cuyo efímero esplendor satisface el deseo de derroche de la época. Por otra parte, se trata no sólo de un final festivo sino que los fuegos artificiales constituyen un espectáculo en acción que cada vez se hace más complejo a medida que se incorporan nuevos elementos y se asocia a las demás artes.
El arte del fuego se une en este momento a los juegos de agua. <<El espectáculo nocturno no puede separarse ni del agua ni del fuego, los dos participan del clima especifico de la fiesta, donde son los accesorios rituales como lo son del ceremonial religioso.»
La mayor parte de estos fuegos se hacen en las orillas de los ríos o en las proximidades del agua donde la estética juega también un papel importante: el reflejo en el agua redobla el efecto de los fuegos artificiales y la visibilidad desde la orilla es más perfecta que en tierra. En París el escenario es generalmente el Sena.
Con motivo del casamiento de Luís XIV en 1660, se celebraron unos fuegos grandiosos. <<El castillo estaba dispuesto sobre un barco en cuya proa se veía una sirena que llevaba encima un delfín coronado. En la popa habla un escudo real rodeado de tritones sostenido por las armas de Francia y España. En el extremo del palo mayor, un sol sostenía los nombres del rey y de la reina.»
No sólo sedesea incorporar el agua a la pirotecnia. En la temática se pone de manifiesto el deseo de representar las diversas fuerzas de la naturaleza. Las divinidades que más a menudo se ponen en escena son Neptuno y su séquito de tritones, sirenas y delfines, que simbolizan el agua; más esporádicamente Perseo y Pegaso representando al aire, Hércules y los titanes, salvajes y sátiros a la tierra, etc.
Desde el siglo XVII se conoce el arte de los globos acuáticos pirotécnicos, brillando en las aguas, flotando y saltando en los planos horizontales. Estos globos se adornan de escamas o plumas y se transforman en pájaros, peces e Incluso ballenas. El afán de ilusión transmuta los elementos. Siemiecowics aconseja en 1651 imitar con el fuego «todo lo que los arquitectos han representado, con el agua y las reglas hidráulicas; fuentes artificiales, cascadas, etc.”.
En 1618 por medio de la pólvora y de ciertas composiciones de betún y vitriolo, los cohetes derramaron por primera vez en el aire estrellas y serpentinas. La pirotecnia avanzó rápidamente en su técnica y complicó sus creaciones añadiendo colores y ciertos olores (balas fragantes). Además de las máquinas móviles fabricaron hermosas construcciones fijas y elevaron al cielo cohetes, globos, balas de fuego, estrellas y chispas.

Por orden del Rey Sol y bajo la influencia de teóricos como Ménestrier o decoradores italianos como Torelli, Viganini, asistidos por su compatriota el «pirotécnico Boncony>>, o francés como Bérain, el arte de los fuegos se hace más pomposo de acuerdo con el gusto contemporáneo.
El palacio de Versalles fue concebido como símbolo de la grandeza de Luis XIV. Sus jardines fueron los escenarios de las grandes fiestas al aire libre que daba el Rey Sol. En estas ocasiones, se combinaban todas las artes. Quinault y Molière colaboraron con Lully escribiendo comedias-ballets y óperas para las cuales Gissey y Bérain preparaban los decorados y vestuarios. Se instalaron teatros provisionales en los jardines; alrededor de las fuentes se daban espectáculos de fuegos artificiales y se organizaban cenas a la luz de antorchas.