El hombre no se ha limitado a encender el fuego y contemplar asombrado las llamas. En su afán de demiurgo, ha querido dominar el fuego, convertirlo en un objeto dúctil, como el oro o el cobre. Para esto necesitaba una materia prima que le permitiera desarrollar el fuego y encaminarlo según su voluntad. Si en la antigüedad no había podido realizar este sueño es sencillamente porque el hombre no había conocido el «germen» del fuego. Éste seria la combinación de materias que originan la pólvora.
La pólvora, además de dar facilidades bélicas, permitía realizar el viejo sueño: era la simiente del fuego que durante milenios el hombre había buscado inútilmente. A partir de ella, estaba en condiciones de emprender la jardinería ígnea más rococó que jamás se pudo imaginar.
La decadencia del imperio romano supuso la desaparición de los juegos ígneos o, al menos la carencia de información sobre ellos. En el 768 d.C. Calhinico refiere haber utilizado el “fuego griego” y cita que estaba compuesto por una mezcla de aceites grasos minerales, aceite de nafta, resina, salitre y otras sustancias minerales pulverizadas.

