Passejaes, passacarrers, baixaes, pujaes, roades son algunas de las definiciones que se les da a un ritual único y propio de los pueblos valencianas, más aún si cave que la propia cordà o mascletà.
De todos los eventos medievales que nos han llegado hasta nuestros días, ésta es la que nos ha llegado con la menor interferencia, o contaminación, en su composición y proceso. Evidentemente la participación es muy superior, pero la esencia permanece intacta.
Sentido de la tradición
Siempre partiendo del concepto de que el fuego del cohete es símbolo de ofrenda o bendición, hecho propio de los pueblos mediterráneos. En muchas de las procesiones religiosas, el festero ofrece el fuego del cohete a su patrón como símbolo de pasión por las tradiciones de su tierra.
En la mayor parte de localidades esta bendición u ofrenda se hacía inicialmente con el disparo de arcabucería, pero tras las prohibiciones y restricciones del siglo XVIII con las ordenanzas y decretos que lo prohibían, pasó a usarse la cohetería. La iglesia acepta el uso de fuegos artificiales con luminarias que exalten la simbología y esplendor del catolicismo. Consciente o inconscientemente, alimentaron las tradiciones antiquísimas, fundiéndolas con las creencias del momento.
Tradiciones nativas
Según nos narra Andrés Castellano en sus libros, los antiguos pobladores de estas tierras valencianas tenían la costumbre o tradición de que cuando una mujer se casaba, hasta que el fuego de la casa de sus padres no era portado a su casa, dicho matrimonio no sería considerado como tal. Y lógicamente el traslado del fuego de una casa a otra era una celebración familiar importante.
Al fundirse o licuarse las tradiciones nativas con la religión cristiana católica, muchas de las celebraciones se mantienen pero enmascaradas dentro del calendario religioso. En este caso el traslado de fuego se mantiene y se estereotipa en el traslado de la imagen del patrón del pueblo. Mientras que los religiosos lo consideran como una alegoría al acto parroquial, permitido e incluso amplificado. Cuando el ritual deja de tener consonancia con el acto religioso, coge el camino de su extinción o mutilación derivando en un correfoc, generalmente, o simplemente en su anulación.