1450 - Nou d'Octubre y entradas reales en Valencia
Autor: Rafael narbona Vizcaino
Libro: Revista d'Historia Medieval vol 5 (1994) pg 231
Artículo: El nueve de octubre. Reseña histórica de una fiesta valenciana
Fecha catalogacion: 12/05/11
Catalogado por: Carlos Ponce
Catalogacion:
Este este documento se nos manifiesta claramente el uso de la pirotécnia y cohetería, ya dese el siglo XV en las fiestas valencianas tales como San Dionisio y entradas reales. No esclarece el tipo concreto de artículos, pero nombra luminaries, coet, coets tronadors, valodors.
Nos manifiesta el enraizamiento que se produce a partir del siglo XIV, en las fiestas valencianas y el uso de la polvora
Documento:
Desde principios del siglo XIV los Jurados, titulales del ejecutivo ciudadano, regalaban como anfitriones de los monarcas una vajilla de plata supuestamente cubierta de manjares. Desde la difusión de la pólvora como arma y como espectáculo pirotécnico, la vajilla fue acompañada de un homenaje público de esencia militar y festiva, simbolizado con el disparo de bombardas y de fuegos artificiales nocturnos. Poco después, desde mediados del siglo XV, al solemne recibimiento y a la ofrenda ritual de regalos, se añadió al obsequio, convite y degustación de exquisitas confituras de elaboración local, dad la creciente difusión del cultivo de la caña de azúcar y las refinadas apetencias de los gustos culinarios cortesanos, las cuales iban aderezadas en lujosos platos de cerámica de Maliqua, elaborada en Paterna y Manises según la tradición musulmana. A finales del Cuatrocientos el regalo de joyas, dulces y confituras en entrada y visita de los monarcas de la Corona de Aragón. Los dulces y los fuegos artificiales pronto constituyeron dos elementos festivos vinculados ineludiblemente a las fiestas reales, trasmutados por extensión a la celebración de las fiestas de exaltación patriótica local, en especial la del día de San Dionisio, que al tiempo que celebraba la conquista de la ciudad y su incorporación a la cristiandad, reafirmaba desde entonces el poder soberano de la monarquía y la vinculación contractual del pacto político entre el rey y el municipio.
La indefectible vinculación de la conquista con la soberanía real se prorrogaría a lo largo de todo el Antiguo Régimen. Resulta significativo que la celebración de 1598, unas semanas después de la muerte de Felipe II, diera lugar a una conmemoración luctuosa, sin truenos, luminarias o repique de campanas, mientras la compañía del Centenar desfilaba enlutada. Cfr. Joan Poscar: Coses evengudes a la ciutat i regne de valència (1588 – 1629)
En estas circunstacias se produjo la celebración del Nueve de Octubre en 1438. el notario del Consell, Antoni Pascual, termino su quinto libro de actas municipales y comenzó el sexto en mayo de 1438 sin anotar celebraciones especiales, y los gastos consignados en la contabilidad municipal “per la festa e solemnitat” alcanzaron poco mas de quinientos sueldos, menos incluso que durante una celebración regular como la del 1428. El Llibre de Memories indica sumariamente que “se feu processó dels cent anys de la presa de Valencia: ballaren tres dies los oficis”. El Consell sufragó los salarios de los músicos que marchaban delante de la bandera en la procesión, también los de quienes realizaron luminarias en las torres de la ciudad durante la noche, así como hierbas y plantas aromáticas para adornar y perfumar el recorrido. La segunda centuria de la conquista no fue celebrada de forma especial porque las fiestas de San Dionisio y de San Jorge reactualizaban dos veces al año la victoria como acto cívico y soberano. En aquel momento el centenario no despertó otros significados y la afirmación de la comunidad local fue eminentemente política.
El sentimiento religioso inherente a la celebración quedaba en un segundo plano dada la especial coyuntura expansiva de la ciudad, sin embargo, la afirmación étnico-religiosa de la comunidad cristiana desataría nuevos rencores xenófobos respecto a los mudéjares. Los festejos en honor a la designación de Alonso de Borja como Papa de la cristiandad en uno de junio de 1455 daría lugar al asalto y robo de la morería de Valencia, y pocos días después, la conmemoración del Corpus Christi provocó un nuevo motín popular con idéntico objetivo. Cfr M. Ruzafa “façen.se cristians los moros o mueren!” revista d’Historia medieval I (Valencia, 1990) p87
A lo largo de Cuatrocientos, la regularidad de la celebración en el calendario municipal contrasta con la abundancia relativa de noticias indirectas sobre la fiesta. Siempre que se narran o anotan otras solemnidades soberanas de mayor rango e importancia, como las fueron las entradas reales, existe mención a las formulas festivas empleadas habitualmente en la conmemoración del Nueve de Octubre. Pese a la raigambre adquirida por la fiesta, la recepción de monarcas para jurar los fueros y privilegios de la ciudad continua siendo la fiesta soberana por excelencia, dado su prevalerte simbolismo político. Los elementos festivos soberanos introducidos en la fiesta local se exhibían regularmente anta la población con la cadencia conmemorativa anual del calendario cívico-religioso, mientras que más excepcionalmente y con mayor espectacularidad los mismos motivos adornaban y enriquecían la entrada real, lo cual daba la impresión equivoca de una influencia local sobre la fiesta soberana, cuando era esta última la que había transformado con anterioridad la esencia y la forma de la celebración local. En este sentido, resulta especialmente significativo que las ceremonias de recepción de los monarcas tras su coronación en todas las ciudades de Occidente medieval fueran muy similares, puesto que tuvieron por objetivo legitimar la entronación ante los súbditos.
Durante la preparación de los actos de la entrada de Juan II en Valencia, en septiembre de 1458, el Consell ordeno que durante la noche previa a la recepción “sien fetes alimares per los campanars e torres de la ciutat e cases singulars, axí como si fos la festa de Sent Dionis” al mismo tiempo que solicitaba a la población que las torres y las casas fueran aderezadas con “alimares, ad gran copia de coets, segon la vespra de Sent Dionis es acostumat fer”. La introducción de la pólvora y del motivo del fuego en los distintos actos festivos soberanos y religiosos había arraigado en las fiestas locales desde principios del siglo XV, y de nuevo en la entrada de la reina Juana al día siguiente, junto a las luminarias y cohetes se procedió al disparo de bombardas. También se efectuó la bendición de la bandera de la ciudad, “la qual bandera se trau tots anys per la dita ciutat en les festes de Sent Dionis e de Sent Jordi, acompanyada de nosaltres e de molta gent”.
Del mismo modo, durante la entrada de Fernando el católico en octubre de 1479, se hizo referencia a la organización de regocijos, juegos de oficios, luminarias y disparo copioso de fuegos artificiales como si fuera la celebración de San Dionisio, y además el mismo monarca asistió a la procesión conmemorativa de la conquista. (Llibre de memories de diversos sucesos e fets memorables e de coses senyalades de la ciutat y regne de Valencia 1308 – 1644)
La noche previa a la entrada de la reina Isabel en noviembre de 1481, se organizaron luminarias, bailes, regocijos, vuelos de campanas, serenatas de juglares, fuegos artificiales, y disparo de cohetes como en la noche de San Dionisio.
La importancia adquirida por los fuegos artificiales en el rito festivo es significativa como demuestra la funestra anécdota ocurrida durante la celebración nocturna de la víspera de la fiesta en 1526, la cual provocó un importante incendio en el Trench, en las proximidades del mercado, debido a un accidente en la utilización de cohetes y pólvora “per haver-hi molts coets e tronadors, alquitrà, trementina e rasina e altres materials, mels, cera e altres coses molt abtes per a encendre lo foch” resultado nueve muertos y la destrucción de veinte casas en dos o tres horas. Solo la rápida acción de la población logró sofocar el conato de lo que podría haber sido una irreparable catástrofe, y en premio a la diligencia de los principales protagonistas en atajar el incendio el Consell ratificó una ordenanza municipal que concedía la honorable dignidad de portar armas a cincuenta obrers de vila y a dieciséis pedrapiquers. Las trágicas consecuencias del accidente fueron recogidas por todos los dietaristas valencianos.